Un Real Zaragoza de acero: empate (2-2) contra el Villarreal B
De la tumba se levantó el Real Zaragoza cuando parecía ya sepultado por la voracidad, el ritmo y la chispa de un Villarreal B que apunta a ser un hueso de los buenos en la carrera por el ascenso directo. Volvía a tener perdido un partido el equipo aragonés. Pero a casta y esperanza no le gana nadie. En el minuto 85, la cosa estaba negra, imposible: 0-2. Sin embargo, no hay imposibles para este grupo. Jardí y Diego González, en un desenlace épico, dejaron en tablas un partido inescrutable e igualado, en el que el Zaragoza, de fútbol racheado y aturdido, no estuvo cómodo, en el que confrontó al mejor rival del curso y en el que tuvo sus momentos buenos y malos. El Villarreal B aprovechó los suyos, impulsado por su energía y vivacidad, muy superiores a la veteranía y las cicatrices que exhibía el once del Zaragoza, formado por sus piezas con más kilómetros en el fútbol. Esto marcó las velocidades de los acontecimientos. Sin embargo, si algo tiene este Zaragoza, es capacidad de sufrimiento. Sabe pasarlo mal, reponerse, reconstruirse y estirar su último aliento hasta el límite de los tiempos. Y así, salvó un punto que es vida, que le mantiene agarrado en el coliderato a un equipo al que va a costar despegar. El Zaragoza, si tiene algo, es una coraza competitiva que nadie sabe ni puede acribillar: hay que matarlo dos veces.
